martes 20 de noviembre de 2007

Seminario Filosófico

El hado tensa sus piernas, obligándolo a quedarse sentado a pesar de que quiera partir de una vez por todas y dejar el morral tirado sobre la silla. A usted nunca le interesó Heidegger ni su carta al humanismo, pero desde que escuchó el entusiasmo del Viejo Güevón (así bautizó al director del seminario junto a Luciano en un bar aledaño a la universidad), ufanándose de haber estudiado en Alemania, su apatía se tornó en repudio. El hado hala su estómago, lo revuelve, lo convierte en una cámara de gas. Debe esperar el final de la reunión como lo ha hecho desde la primera sesión tres semanas atrás. El viejo emite comentarios graciosos, resistiéndose a aceptar que la próstata le ha crecido tanto que orinar le resulta más incómodo que defecar en algún baño público; aunque claro, el gran conocedor del pensamiento alemán, nunca tuvo que acudir a ese tipo de lugares: siempre en compañía de expresidentes, de rectores y altas personalidades, es el eminente Filósofo Rey preocupado por los ignorantes acechados por la guerra, de los cuales es portavoz aunque sus gestos delaten el desdén que le suscitan. El Viejo Güevón vocifera los encuentros intelectuales que llevará a cabo en el aula máxima, adelanta parte de las agudas interpelaciones que le hará a los invitados, juzga hechos plasmados en el diario, hace alarde de su versatilidad, aclara que él no es un sistema de pensamiento porque sólo los grandes genios hacen grandes obras y él es un tipo normal, dice Cuando estuve con Jurgen Habermas en Frankfurt caminamos conversando sobre la ética discursiva. A usted el hado lo increpa con cavilaciones y arrepentimientos de su propia cobardía, a esa que lo condujo a inscribirse en la facultad de filosofía y letras porque temió quedarse en casa evocando todo lo que no ocurrió en su vida, y luego lo conmina a imaginar al Filósofo Rey con los pantalones abajo diciéndole a Jurgen Por favor tócame no aguanto un segundo más. Usted intenta sonreír, pero la carcajada es abortada al mirarla a ella, a la asistente del Viejo Güevón y más que a ella, a sus glándulas mamarias asomadas pálidamente por un tímido escote. La pobre sólo interviene cuando el Filósofo Rey se lo permite; ella habla con el mismo entusiasmo sin que eso obste para que el hado le haga sospechar a usted que está enamorado y que el Viejo Güevón intentó acostarse con ella y que si ella no accedió fue en virtud de que nadie en la institución universitaria le pierde la pista a su gran filósofo. El hado le dice a usted o usted al hado cómo ella terminó siendo la asistente de un filósofo cuando a fuerza de su entrepierna hubiera podido acceder a la gerencia de un banco; en el vasto campo del pensamiento sólo deben haber sujetos de la estofa del Viejo Güevón, o bizcos como una compañera que escucha y anota cada comentario, o con erupciones coloradas como las del tipo que levanta la mano tratando de rebatir al maestro esgrimiendo palabras que usted desconoce, o gordos como el par de estudiantes que cuchichean en una esquina y al terminar cada sesión se le acercan al viejo enseñándole algún libro costoso e ilegible. El viejo acaba de hablar. Mientras usted guarda el cuaderno en el morral, siente en el dorso de su mano el frío del revólver que el hado le ordenó tomar del escritorio de su papá. Lo saca rápidamente. El Viejo Guevón aún no sale, está rodeado de sus pupilos y usted, desde su sillón apunta hacia ella, que a un costado del filósofo rey, escucha con atención; usted le dice No es mi voluntad sino la del hado que me dijo que debiste ser gerente bancaria, y agrega que su labor es la de ser el vehículo del ajusticiamiento que se consuma un segundo después de terminar su explicación. El hado relaja a sus piernas, usted se incorpora, se dirige hacia el Viejo Güevón que mira a su asistente tendida en el suelo, le pega el cañón a la sien y sabiendo que el hado les adjudicó a los estudiantes de filosofía la disposición para la envidia, les indica con el revólver que salgan y grita Si quieren llamen a la policía. Usted abandona el aula tomando por el cuello al Filósofo Rey que ni siquiera sabe su nombre cuando le suplica que no le vaya a hacer nada, usted le replica No grite porque me pone nervioso. Frente a la entrada de la universidad todo el mundo los mira, sin que se atrevan a disuadirlo porque el más mínimo movimiento implicaría que los geniales sesos del viejo salgan despedidos junto a sus pensamientos. Luciano lo espera en el Renault 6 verde que le pidió a la tía. Usted lo tranquiliza, enfatizándole que no le incumplirá el trato que realizaron luego de acordar su aporte a la muerte de la filosofía. Se dirigen a la estación de policía donde todo se habrá de consumar según sus cálculos. Usted sabe que todos los agentes deben estar listos porque en la radio vieja del Renault ya se reporta el secuestro del eminente académico Oyos y la muerte de su asistente que habría de partir dos días después a Alemania a hacer un doctorado. Al frente de la estación, las camionetas atestadas de uniformados paran en seco cuando advierten el auto verde, Luciano le dice Máteme, él ya cumplió con su parte del trato, ahora usted debe cumplir la suya, lo mira a los ojos y le dispara en el entrecejo y la cabeza de Luciano ausente de Hegel, Platón y Descartes cae sobre el timón. Usted se baja del carro, utilizando al Viejo Güevón como escudo de protección y garantía para prolongar los últimos momentos, pero no cuenta con que el Filósofo Rey grite más alto que en las clases y lo pise tan fuerte que usted al sobrecogerse, lo deja escapar y cuando intenta dispararle a la espalda, nada distinto a un ruido corto que semeja el del interruptor de su mesa de noche sale del revólver. El Viejo Güevón corre, voltea la mirada, le dice que el hado ha dispuesto todo aquello y que él seguirá aprobando y reprobando tesis, organizando seminarios, encuentros y coloquios. Usted siente el piqueteo de un proyectil que se clava en su esternón precipitándolo al suelo sin liquidarlo, y mientras un par de lágrimas caen sobre el asfalto, el hado lo instiga a otear las rejas que surcarán sus días.
Andrés Felipe Escovar

sábado 10 de noviembre de 2007

primera parte (medio novela en tiras)

Debería contar toda la historia. Y te la voy a contar para que veas..."Acababa de instalarme en la más común de las vidas burguesas: mi trabajo por fin empezaba a dar todos sus preciosos frutos: una casa (modesta), un auto (modesto), un perro, dos gatos, cuatro árboles. Hola vecino, hola buen día. Y para me esposa: ese anillo.
Mi vida no hubiera sido posible sin mi esposa.
Nos conocimos en un bar, cuando éramos estudiantes. Ella estudiaba letras y yo también. Fue, debo confesar, un flechazo de Eros; apenas nos vimos el rechazo fue instantáneo. El flechazo parecía haber hecho blanco en lo blanco de los ojos. No mucho más tarde, recuerdo que ella era sumamente bohemia, la miré de otra manera y me derrumbé ante esos pantalones verdes que se apretaban en la cintura y dibujaban un culo perfecto. Por mi parte, a los veinticinco, aún conservaba viva alguna llama, menos sagrada y virtuosa, menos blanca y verde, menos carmesí. De lejos podías escuchar mi corazón repitiendo su nombre, que se dibujaba entre mis labios: Anabella. Sus primeras palabras fueron: "che, ese que está sentado con vos ¿tiene novia?" Afortunadamente a ese que estaba sentado conmigo no le interesaba Anabella y tampoco me tomé el trabajo de responderle a ella con la verdad "sí, tiene". Afortunadamente a muchos no les interesaba Anabella.
Durante nuestro primer año y medio vivimos una relación tormentosa. Ella era extemadamente sensual y cruel. Nos mentimos, nos torturamos y nos reímos; hicimos el amor en altas horas de la madrugada; despeinados de humo de cigarrillos, tirados en un suelo frío, entre almohadones polvorientos. El segundo año fue petrarquista. El tercero, se precipitó hacia el matrimonio, es decir, el fin del amor"

Y decime lector ¿por qué lees vos?

(continúa)

sábado 3 de noviembre de 2007

Ay luna mía

Ay luna mía


Pa' las del norte sí,

para las otras no,

para las tucumanas

mujer galana

naranjo en flor


yo conocí, si no a la más, se le acercaba mucho, más linda que te puedas imaginar ¿y qué pasó?, me vas a decir, me vas a decir que a vos...y sí aunque no me lo puedas creer sí...